12. Oktober 2012
La pintura de Helnwein abreva de un universo que antecede a las formas. Tal vez sea el estado propicio, la ebriedad, el universo en el que Dioniso, como lo afirmaba Nietzsche, predispone al cuerpo a vivir otros estados, eterna transfiguración, instante: como lo intuyó Roberto Calasso, “el falo de Dioniso es alucinógeno antes que impositivo”. El triunfo de la forma es el instante elegido por el artista, el trazo se realiza, la suerte está echada. Ese trazo, en la obra de Helnwein, ha recorrido muchos caminos: origen, mito, religión, historia, infancia, estado de disposición, trayectoria angélica. Cada una de las obras crea en sí un palimpsesto, genera pliegues que en ocasiones nos cierran las entradas y en otras las abren dispuestos por su fragilidad, no oponen resistencia, se dejan violentar por nosotros, incluso podemos destruirlos. No hay reclamo, el dolor es voz callada, mirada inocente, ángel que se deja atrapar.
...